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Carlos
Weisse
Nacido en
Argentina, médico psicoanalista,
poeta, ensayista. Tiene publicados
varios libros de poemas, entre ellos
"Donde el tiempo no es un metal
precioso" y "Geografía
de tu cuerpo y otros mundos",
ha escrito ensayos sobre Felisberto
Hernández y San Juan de la
Cruz entre otros.
¿Serán voces y entonces
el viento se llevará tu nombre?
¿Es un paisaje de sueño
lo que nace de las brumas?
Los hombres llegan sin comprender,
hay misterios antiguos que piden
de nuevo su bautismo
y aunque la misma luna
perdure en apariencia,
la palabra se ha hecho extraña
y las cosas
perdieron su destino.
Ante la roja soledad
El discurso del poema es sólo
un día miserable
Una tierra cruel
y sin voz
que se extiende debajo de nosotros.
Y nos damos cuenta que los días
duros,
los miedos,
las lámparas que iluminan
paisajes cotidianos,
es lo único que queda de los
dioses
sobre el universo.
¿Qué forma quedará
para los que desaparecieron?
¿Qué soledad aterradora
bebieron los últimos minutos?
¿Sabían en las trincheras
que los estaban engañando?
La tierra es mía sólo
cuando la camino
Cuando toco un borde puedo comprender
qué es una frontera.
(Es preciso aborrecer a los altares
porque en realidad son tumbas,
Muecas polvorientas sin hojas ni
sonido)
Los días caen dentro de tu
voz
con un movimiento húmedo y
final.
¿Qué número
será tu cuerpo ensombrecido?
¿Qué cantidad violenta
albergará la tierra?
Los hinchados sonidos de la muerte
se van elevando como un hilo,
el zapato sin pié,
el traje sin hombre
hundido en el espejo de las olas.
Yo levanté las vendas dentro
mío
rehice las marañas perdidas,
los movimientos selváticos.
La piel yacía como un pétalo
en un territorio de pequeñas
agonías en racimo
y entonces se extendió
Como un páramo letal sobre
nosotros.
Miro las vestiduras en la oquedad
caída de la tierra,
las bocas quietas
cuyas palabras bajaron a la cepa
del olvido,
el odio al que golpean gota a gota
las lágrimas
y bodegas de muertos que se abren
a calles espantosas.
Los objetos se acumulan en los guardarropas,
donde el miedo
va poniendo en su marmita el polvo
de los muros.
Y cuando no hubo más que escombros,
los diplomáticos salieron
a tomar su copa acostumbrada. |