PARIS.- Llegaron a Francia porque eligieron irse de la
Argentina. En algunos casos, como parte de una búsqueda
profesional. En otros, por desacuerdo con la coyuntura política
argentina del momento. Pensaban venir por un tiempo, pero se
quedaron toda la vida. Argentinos de entre 40 y 65 años que con
trabajo y esfuerzo lograron formar parte del engranaje cultural
y social francés, destacarse, e incluso convertirse en
referentes de sus disciplinas.

Franceses por adopción. Felicitas Arias, Pablo
Katz, Marcial Di Fonzo Bo, Jeanne Wietzerbin y Emilio Trad .
Foto: Leonardo Antoniadis
La creatividad de Emilio Trad, la fuerza de Felicitas Arias,
la osadía de Marcial Di Fonzo Bo, la calidez de Jeanne
Wietzerbin, la precisión de Pablo Katz. Argentinos que piensan
en francés y buscan sus palabras en español. Un pintor, una
astrónoma, un actor, una bioquímica y un arquitecto que se
sienten muy integrados en la sociedad francesa, y que tienen en
claro que en su país nunca podrían haber logrado el desarrollo
profesional y el reconocimiento que obtuvieron en Francia, pero
que aseguran también que la dualidad cultural los ayudó a
distinguirse del resto.
A algunos les gusta volver a la Argentina, pero sólo de
visita. Otros vivieron durante meses con la idea de un retorno
inminente. Se estima que actualmente unos 15.000 argentinos
viven en Francia. En esta nota, cinco ejemplos de quienes allí
encontraron el lugar para cumplir sus sueños.
"Mi doble cultura me da una mirada
particular"
Pablo Katz, Arquitecto
En casa, a los dos hijos más chicos de Pablo Katz les leen
los cuentos en francés. Katz es argentino, y su mujer, alemana.
Pero él no habla perfecto alemán, ni ella español. El francés es
el único idioma que ambos dominan, y el que eligen transmitir.
Los 28 años viviendo aquí le permitieron mejorar esos
conocimientos básicos del francés, aprendidos en el Nacional de
Buenos Aires, con los que llegó a París en 1982. Había empezado
la carrera de arquitecto en la UBA, pero viajó hasta aquí por
una "multiplicidad de razones, una de ellas sola no hubiera
bastado". Sin el "mínimo proyecto" ni la intención de quedarse.
Sin dinero ni trabajo. Empezó como dibujante y en 1987 se asoció
con dos arquitectos; en 2001 fundaron GKP Architecture y en 2008
crearon su propio estudio. Desde principios de 2009 es
presidente de la Sociedad Francesa de Arquitectos, primer
extranjero que ocupa ese puesto. "Mi doble cultura me da una
mirada particular. Lo veo como una ventaja." Construyó más de
2000 viviendas, un jardín de infantes municipal, un centro de
convenciones y otro de comunicaciones, y restauró un edificio
del siglo XV de la Opera del Rin, así como decenas de proyectos
como urbanista. Además, enseñó en Stuttgart y en París. "Mi vida
es en francés, con mis clientes hablo en francés, y sueño en
francés. El español termina por emerger después de unos días de
volver a Buenos Aires", admite. Durante 15 años no tuvo ningún
contacto con su país: "Ni lo busqué ni lo tuve." Pero desde 1996
organiza programas de intercambio entre París y Buenos Aires, y
dirige workshops en la UBA. Vive en una casa que él construyó.
Vota aquí y sólo lee diarios franceses. Cuenta que en Francia la
arquitectura tiene una función de interés público. Para él, en
la Argentina es un negocio y una demostración de poder: "Cuantos
más pisos y más metros, mejor. Las torres parecen tener un
símbolo fálico". Pero cree que en nuestro país hay buenos
profesionales. "Amo ese país; el potencial primero es la gente.
Pero hay un gran problema con la dirigencia política. Y la
sociedad se volvió individualista. Los argentinos tienen que
redescubrir un proyecto colectivo."
"En Argentina no hubiera tenido los
medios ni la posibilidad"
Jeanne Wietzerbin, Bioquímica (investigadora médica)
Recién llegada a París, un austríaco que dirigía un
laboratorio le dijo: "Usted no va a volver nunca a la
Argentina". Ella pensó que estaba loco. Hoy, nadie la conoce
como Juana: después de 40 años en París, todos la llaman Jeanne.
Diplomada en Farmacia y Bioquímica por la UBA, Jeanne Wietzerbin
llegó a esta ciudad con su marido en 1967. Los dos habían ganado
una beca y planeaban quedarse un año. Pero la coyuntura política
argentina sumada a los logros profesionales en Francia los
hicieron quedarse. De chiquitas, sus dos hijas paseaban en
triciclo por una casa grande y vacía: "No comprábamos muebles,
con la esperanza de volver. Pasaron diez años antes de reconocer
que no volveríamos. Sentíamos mucha culpa". Mientras, Jeanne se
especializó en el estudio de los interferones (una proteína que
interfiere en la multiplicación viral y de células
cancerígenas). Primero, en el reconocido laboratorio de Ernesto
Falcoff, en el Instituto Curie, y luego, en una unidad del
Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica, que
terminó dirigiendo entre 1989 y 1993. Ese año se creó una
sección especial para su proyecto de investigación, que encabezó
durante 10 años. "Los inmunólogos están interesados en los
jóvenes argentinos porque son excelentes, muy intrépidos y
originales -afirma-. Los franceses desde que nacen piensan en
ser directores. Los argentinos no se toman muy en serio y no
tienen miedo." Fue presidenta de la Comisión de Inmunología y
Enfermedades Infecciosas del instituto, es directora de
investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica,
experta para varios organismos internacionales (entre ellos, la
Organización Mundial de la Salud), y fue condecorada Chevalier
de l´Ordre de Palmes Académiques, una distinción -cuyo origen se
remonta a la época de Napoleón- destinada a quienes contribuyen
de forma eminente con la comunidad educativa.
Jeanne viaja regularmente a la Argentina, y cada vez que va
siente nostalgia, aunque reconoce que no hubiera podido hacer
esta carrera en su país: "Y eso es una lástima. En Argentina no
hubiera tenido los medios ni la posibilidad. Pero hoy soy
optimista con la ciencia argentina. Allí hay voluntad de hacer
cosas. La Argentina es un país donde todo es posible".
"Esta es una ciudad que devuelve"
Felicitas Arias, Directora de la sección Tiempo, Frecuencia y
Gravimetría, del Bureau Internacional de Pesos y Medidas
Ninguno de los cinco o seis relojes que tiene en su oficina
está en hora. Confiesa que llega tarde a todos lados: "Tengo una
despreocupación total por la hora de todos los días". Su
mousepad es el reloj deformado de Salvador Dalí. Pero a pocos
metros de donde trabaja, en un laboratorio, tiene el segundo más
perfecto: una fuente de cesio. Felicitas Arias es la directora
de la sección Tiempo, Frecuencia y Gravimetría del Bureau
Internacional de Tiempos y Medidas (BIPM), una organización
intergubernamental -financiada por unos 80 países- que asegura
en todo el mundo "la uniformidad de las mediciones y su
trazabilidad al Sistema Internacional de Unidades". "Con esta
coordinación, un kilo de papas, un litro de nafta o un metro de
hilo representa la misma cantidad en todos lados", explica, en
una clara intención de simplificar su trabajo. Astrónoma, de
unos 50 años, Arias se encarga de la datación del tiempo: los
relojes, como todo aquello que se basa en un sistema de
unidades, tienen que tener coherencia. "Aquí construimos un
segundo basado en todos los relojes del mundo", explica. Y esa
afirmación parece estar a años luz de la Universidad de La
Plata, donde estudió. Arias siempre tuvo relación con Francia.
Cuando terminaba la universidad, fue invitada por el
Observatorio de París para una práctica de seis meses. Se quedó
cuatro años. En 1990 volvió a la Argentina. "El regreso fue un
bajón. Me había acostumbrado a trabajar de otra manera:
conectada al mundo y con recursos materiales." Ocho años más
tarde se postuló "por curiosidad" a un cargo en el BIPM y
resultó elegida. Su marido se negó rotundamente a dejar el país.
Pero, claro, terminaron viajando los dos. Y hoy ni él volvería.
"Siempre me sentí muy bien en la sociedad francesa. No tengo esa
sensación de maltrato como en la Argentina, donde pagaba mis
impuestos, pero me caía en los pozos de las calles. Esta es una
ciudad que devuelve. Mi hija va a la escuela pública, y nadie
hace diferencias", asegura. Dice que intentó hacer cosas en su
país -al que ve grave y cada vez más abajo-, pero que no le
dieron "ni la hora". Así que le encanta volver a la Argentina,
pero sólo de visita.
"Aquí no todo se limita al acomodo"
Emilio Trad, Pintor
Busca sus palabras en español. Por momentos no las encuentra,
balbucea, y se excusa. Su tono de voz es suave, alejado del
porteño gritón, algo recurrente en quienes desde hace tiempo
dicen bonjour en lugar de "hola". No extraña el mate ni el dulce
de leche, y no entiende a esos nostálgicos. Dice haberse
integrado muy bien en Francia. "No soy un argentino en París.
Soy un francés aquí. Me conocen los franceses y no los
argentinos."
Hace ya 31 años que Emilio Trad dejó la Argentina. Se fue con
una valija llena de pinceles y pinturas, casi sin ropa, y con
300 dólares en el bolsillo. Durante los primeros años fue
globetrotter, como él mismo se define: Italia, Holanda, España.
Llegó a dormir en un parque, en una estación. En 1982 decidió
que París, "la meca de la pintura", era donde quería instalarse.
Vendía sus cuadros a menos de cien dólares, mientras vivía en el
sótano sucio del atelier de un mexicano que había conocido en la
calle. Pasaron diez años, y una de sus obras fue elegida para
participar en el centenario Salón de Otoño de París, en el Grand
Palais. La obra seleccionada es Au marché ("En el mercado"), de
tres por dos metros. Un hombre con ojos cerrados y boca abierta,
otro detrás de unas cajas con frutas, dos niños -uno de ellos
sosteniendo una baguette-, dos palomas. Trazado geométrico y
preciso. Alquiló un camión, la transportó y la colgó él mismo.
Entre 3000 expositores, Trad ganó el primer premio por
unanimidad. Dice que su hija Agathe, que había nacido una semana
antes, vino con el pan bajo el brazo. "No me conocía nadie, era
un anónimo, ni siquiera soy francés, pero me premiaron. Esto
nunca me hubiese pasado en la Argentina. Aquí no todo se limita
al acomodo. Es más universal. Tengo mucho amor por la Argentina,
es mi país, pero allí nunca hubiese podido vivir de mi pintura."
Desde aquel premio, las galerías le abrieron las puertas, y no
paró de exponer: París, Londres, Beirut. "Siempre viví de mis
cuadritos", dice, con verdadera modestia.
"Es lindo no sentirse de ningún lado"
Marcial Di Fonzo Bo, Actor y director de teatro
El imponente teatro Chaillot está vacío y oscuro. Un silencio
aplastante, que de repente se rompe con el "un, dos, tres" -así,
en español- de fondo. Es Marcial di Fonzo Bo que, con su
Compagnie des Lucioles, ensaya La paranoia , de Rafael
Spregelburd, obra que dirige y en la que actúa. Tiene 40 años y
hace 22 que se fue de Buenos Aires. Dice que vivir cerca de un
puerto, escuchando historias de inmigrantes, le creó ese
fantasma de que el afuera es mejor. No fue por hasard
(casualidad), como dice él, que vino a París. Aquí vivía parte
de su familia -Manucha y Facundo Bo-, y empezó trabajando detrás
del escenario, como "técnico de cualquier cosa". Cuatro años
después entró en la escuela del Teatro Nacional de Bretaña, de
la que salió en 1994 con una compañía y una socia, Elise Vigier.
Un año más tarde ganó el premio de interpretación del Sindicato
de la Crítica por Richard III, dirigida por Matthias Langhoff.
Actuó en obras dirigidas por Claude Régy, Luc Bondy, Olivier Py
(actual director del teatro del Odeón) y Christophe Honoré. Su
compañía le permitió montar proyectos atípicos y más riesgosos:
Eva Perón y La Torre de la Defensa -ambas de Copi-,
Loretta Strong, Los Copis: los pollos no tienen sillas y La
estupidez , también de Spregelburd. Lo que mostraba era
polémico pero distinto. Así conquistó al público francés. Y a la
crítica.
Cree que el acento lo ayudó; nunca se sintió al margen, pero
sabe que no es francés. "Jamás seré aceptado como francés. Y en
la Argentina tampoco soy argentino, porque no tenemos los mismos
referentes. Pero es lindo no sentirse de ningún lado. No tener
nacionalidad tiene su fuerza", asegura. Durante los primeros
diez años no volvió a la Argentina. Se había ido del país
enojado. De a poco, empezó a ir cada tanto. Hoy le encanta. El
cine argentino le parece increíblemente creativo. Pero el
gobierno actual no le gusta: dice que los que dirigen no son
honestos y que la gente vive desinformada. Unas semanas después
de esta entrevista, la obra se presenta. Los franceses son muy
rigurosos a la hora de elegir los espectáculos por los que
pagan. Pero aquí la sala está llena. Los franceses se ríen. Y
aplauden de pie.
Por Nathalie Kantt