| |
ALGUNAS
CONSECUENCIAS que sobre mi vida tuvo
la EMIGRACIÓN FORZADA de mis
padres por la persecución nazi
y el 3er. REICH
Fernando Weissmann - Versión
abreviada
Quiero agradecer en primer lugar
a Celia Katz la invitación
a presentar en APA este trabajo, así
como expresar mi agradecimiento a
Mónica S. Armesto que me ofreció
la posibilidad de presentarlo en el
Congreso de la IPA en Berlín
a fines de Julio de este año.
Pero además quiero recordar
y destacar la actitud de nuestro presidente
de la IPA Claudio Eizirik, que en
el acto de inauguración del
Congreso, comenzó recitando
en Idish: “Zog nit kein mol
az du gueist dem letstn veg”.
El himno de los partisanos, la valiente
resistencia judía que enfrentó
a los criminales nazis.
Lo que les presento hoy es una versión
muy abreviada del trabajo original,
si alguien desea leer la versión
completa, con gusto se la enviaré
por email.
“Los monstruos existen pero
son demasiado poco numerosos para
ser verdaderamente peligrosos; los
que son realmente peligrosos son los
hombres comunes” (Primo Levi,
“Si esto es un hombre”,
1987).
Estoy dentro de aquellos que son
llamados, 2da generación de
sobrevivientes. Pero a pesar de haber
nacido en la Argentina, en la Prov.
de Entre Ríos, viví
todos los problemas y conflictos que
trae consigo el profundo desarraigo,
y la necesaria adaptación,
como condición de supervivencia;
así como los terrores persecutorios
sufridos por mi familia y que de una
forma conciente o inconsciente me
fueron transmitidos desde mi nacimiento
o incluso antes. Pienso que el inicial
ocultamiento de mi condición
de judío, por miedo a la persecución
nazi cuando llegaron como emigrantes,
tuvo un importante significado que
me llevó al psicoanálisis
para intentar entender, desentrañar
lo oculto, lo reprimido, lo tan temido.
La historia vivida y recordada a
través del tiempo, puesta en
palabras, se convierte así
en un elemento esencial. Como sucede
en todo tratamiento psicoanalítico,
en que es posible hacer consciente
aquello que produce un intenso dolor.
Es por ello que el psicoanálisis
me ha sido muy útil no solo
a los fines terapéuticos propios,
sino, porque el llegar a ser psicoanalista
me dio la oportunidad de ayudar también
a otras personas. Comprender el pasado
es vivir mejor el presente y hacer
mejores proyectos para el futuro.
La pregunta clave para mí
fue ¿Cómo influyó
la persecución judía
en mí? Porque si bien no la
viví directamente, salvo en
ciertas ocasiones; en mi recuerdo
quedaron grabados los relatos y en
especial el miedo que me fue transmitido
por mi entorno, como si yo también
hubiera pasado por lo mismo.
Encontré que los sobrevivientes
de los Campos de Concentración
evitaron por décadas, hablar
por lo que pasaron, y esto por varios
motivos:
a) Recordar significa
reactivar núcleos traumáticos
(disociados) que contienen enormes
cargas de angustia y de terror, que
prefieren no volver a sentir. “La
memoria ayuda a vivir. Y la misma
memoria tortura” (J. Fuchs).
b) No transformarse en torturadores
de sus propios hijos y familiares
al relatarles episodios de persecución
y del Campo. Ya que inevitablemente
les trae un enorme sufrimiento a los
que escuchan dichos relatos.
Por lo cual los sobrevivientes se
niegan, inconscientemente, a transformarse
en verdugos-nazis (al identificarse
parcialmente con ellos) que asustan
y amedrentan a sus propios hijos y
nietos.
c) La culpa inconsciente
del sobreviviente: tema crucial
y casi imposible de elaborar. ¡¡Que
se vuelve consciente con cada relato
!!.
Los sobrevivientes no saben porqué
sobrevivieron, no hay nada que les
sirva de explicación. No fueron
mejores ni peores personas, ni mas
inteligentes, ni menos, ni mas sometidos
ni mas rebeldes. Saben que hubieran
podido estar en el lugar de las víctimas
muertas, pero el hecho de estar vivos
les significa una implícita
acusación por parte de los
que no están.
d) La vergüenza por
lo que habían pasado.
Este sentimiento es muy importante
porque a más de las humillaciones,
la degradación, la deshumanización
sufrida, sienten el pudor de quien
en última instancia se siente
culpable de “algo” (el
conocido, “por algo será,
algo habrán hecho”) aplicable
tanto para los que fueron asesinados,
como para los que sobrevivieron.
Algunos sociólogos y psicólogos
consideran que hay tres tipos de vergüenza:
la vergüenza frente al recordar,
la vergüenza por haber sobrevivido,
y la vergüenza de ser humano.
Fueron muchos los recuerdos persecutorios
que me transmitieron mis padres, ya
que ellos tuvieron la desgracia de
vivirlos en Alemania (aunque no pasaron
por los Campos), además de
sufrir la pérdida de casi todos
sus familiares.
Muchos de estos temas también
me fueron relatados por los residentes
del Hogar de Ancianos “Adolfo
Hirsch”, lugar donde trabajé
siendo médico recién
recibido.
Hubo una melodía que escuché
casualmente en dicho Hogar de Ancianos,
una canción de protesta, anti-bélica,
como muchas de las melodías
que Marlene Dietrich cantó-interpretó
con su proverbial voz; que se refiere
a la búsqueda nostálgica
y angustiosa de los jóvenes
que habían desaparecido a causa
de la guerra.
Esta canción, influyó
mucho en mí porque me llevó
a querer profundizar y averiguar más
sobre mi historia judío-alemana.
Si hubiese tiempo, al final de la
reunión, me encantaría
que la escuchen.
Haré una breve síntesis
de mi historia personal. Mis padres
vivían en el Sureste de Alemania,
Alta Silesia (Ober Schlesien) cercano
a las fronteras con Polonia y Checoslovaquia
(actual Rep. Checa).
Se casaron el 19 de Noviembre de
1937 (En la Libreta de casamiento
ya figuraba el sello con la Cruz Esvástica
Nazi), teniendo mi madre apenas 16
años cumplidos. Pero debieron
casarse, un mes antes de emigrar,
para obtener el visado a la Argentina
(era necesario contar con un amplio
grupo familiar constituido).
La persecución a los judíos
en la Alemania de aquellos tiempos
ya era muy importante: no se podía
dialogar, ni intercambiar, ni comerciar
con los no-judíos. Antiguos
amigos, compañeros de colegio
o conocidos los evitaban, aunque unos
pocos se arriesgaban e incluso les
dejaban paquetes con alimentos, de
noche, en el umbral de su casa.
Hubo un episodio particularmente
dramático, cuando antes de
emigrar, como era la costumbre judía
fueron a despedirse de los familiares
muertos al cementerio local, y sorpresivamente
comenzaron a ser perseguidos por algunos
muchachos de la Juventud Hitlerista,
que los acechaban, y les tiraron piedras.
Logrando apenas escapar pedaleando
con todas su fuerzas en sus bicicletas.
La emigración de Alemania
fue posible gracias a la intervención
de la Bené Brith y de la generosidad
del Baron M. Hirsch que había
adquirido grandes extensiones de territorio
en 3 provincias argentinas: Santa
Fe, La Pampa y E. Ríos. La
elección de la Argentina como
punto de destino de la migración
fue absolutamente fortuita, es lo
que simplemente habían conseguido
a través de la Bené
Brith.
Después de un tomentoso y
arriesgado viaje en tren desde Cosel
(actualmente en Polonia), a la ciudad
de Hamburgo abordaron el barco francés
Formose, en diciembre de 1937. Llegando
después de 5 semanas de horrible
travesía, en enero de 1938
a Buenos Aires, previa escala en el
puerto de Le Havre (en Francia) en
donde se sumó Franz (hermano
de mi madre) e Ilse (su esposa embarazada).
El viaje en barco fue espantoso,
muy prolongado, muy movido, lleno
de miedos, ansiedades e incertidumbres,
pero con toda la expectativa de una
nueva vida, sin nazis que los persiguiesen.
Al llegar
al puerto de Buenos Aires, a los pocos
días, tomaron un tren desde
Chacarita (línea General Urquiza)
para dirigirse a la Prov. de Entre
Ríos. Durante el prolongado
viaje sufrieron miedos muy intensos
pensando que podían ser agredidos
en cualquier momento por los “gauchos
criollos” (con facón
al cinto) a los que temían,
considerándolos cuasi indios
salvajes (por ejemplo, tenían
mucho miedo a que se ofendiesen, si
les rechazaban una bebida llamada
“mate”, que se succionaba
por una bombilla) y a los cuales,
por supuesto, no entendían
una palabra, porque mi familia no
hablaba en castellano todavía.
Así es como llegaron a la Colonia
Avigdor, estación Bovril de
la Prov. de Entre Ríos, después
de recorrer un camino muy difícil,
carro mediante, tirado por 6 caballos
debido a una abundante lluvia que
los había recibido, embarrando
y anegando completamente el camino
de tierra.
Llegaron, como Moisés, después
de un prolongado viaje, a la colonia,
lugar en el cual habían depositado
todas sus ilusiones de una “tierra
prometida”.
Fue sumamente difícil el asentamiento
dada la extrema pobreza y el total
desconocimiento de las tareas campestres.
Había un rancho con tierra
apisonada como piso, techo de paja
y algo de ganado (perros, vacas y
caballos) no había electricidad
ni agua corriente, pero por sobre
todo había mucho desamparo
y desolación. Aunque al menos
habían logrado salvar sus vidas.
Tuvieron que aprenderlo todo, particularmente
el idioma.
La Jewish Colonization Association
(JCA) organizó el asentamiento,
y habían establecido parcelas
próximas integradas por cuatro
grupos de familias. Así fue
como comenzaron, con gran espíritu
solidario, a ayudarse mutuamente (eran
todos emigrantes, en general de Alemania
escapados del nazismo aunque algunos
provenían de Rusia -deutschrussen-)
conformando un grupo humano que estableció
lazos solidarios de ayuda y cuidado
muy importantes para sobrellevar tantas
dificultades.
“Los gauchos criollos les enseñaron
a usar bombacha bataraza, y a calzar
alpargatas. A pesar de lo cual, como
se dice hasta hoy en las colonias,
los gauchos judíos sembraron
trigo y cosecharon doctores”.
(Alicia Dujovne, 13 de Diciembre de
2006).
Lamentablemente tuvieron que sufrir
una gran escasez de alimentos, que
los llevó a pasar muchas veces
hambre, ya que había muy pocos
productos que pudieron cultivar –
algunos árboles frutales, y
hortalizas-. Siempre recuerdan la
importancia que tuvo el Tajamar (una
especie de lago excavado artificialmente)
del cual pudieron pescar anguilas
que una vez ahumadas constituían
un manjar que comían con fruición.
El agua se obtenía por un malacate
con tracción a sangre (un caballo
con los ojos vendados debía
caminar por muchas horas en círculos
para extraer el agua para la batea
de los animales y para el tanque de
agua de los colonos).
Pero lo que era de uso habitual era
una bomba manual para el agua bebible.
Cada integrante de la familia se ocupaba
de aquellas tareas que podía
asumir, así aprendieron por
ej. a sembrar y cosechar granos. Incluso
mi abuela materna, entre otras actividades,
hacía de peluquera de la Colonia
a los fines de la sobrevivencia.
Pero pareciera que el destino se hubiese
ensañado cruelmente con ellos
en esos años, ya que sufrieron
dos plagas que destruían todo
a su paso. Por dos años consecutivos
fueron las langostas y al tercer año
fue la plaga de los loros. Como resultado
de lo cual, de los esfuerzos de todo
un año quedaba poco o nada
de beneficio y muchas deudas con la
JCA.
Nací el 28 de Junio de 1940
por deseo explícito de mi madre,
aunque no así de mi padre,
que no estaba de acuerdo, por la situación
de extrema pobreza (por eso, supuestamente,
nací después de un embarazo
de 11 meses, un verdadero potrillo,
le decían a mis padres) y me
cuidó fundamentalmente mi abuelo
materno Hugo, en tanto que mi abuela
se dedicaba, al igual que mi madre,
a tratar de armar un hogar y cocinar
lo que se pudiese conseguir.
Deseo destacar como un punto muy importante
de mi educación infantil, que
la angustia vivida por mis padres
por la persecución nazi, los
llevó a querer disimular su
origen judío.
Es por eso que me interesó
la elección de mi nombre, Fernando,
que surgió como desplazamiento
de Fernández, nombre de uno
de los peones (gaucho criollo), que
ayudaba en las tareas campestres.
Pensaron que con el nombre, Fernando,
pasaba mas desapercibido mi origen.
Porque habían aprendido que
era mejor ocultarlo, para poder sobrevivir.
De cualquier manera, años después,
estudiando historia, descubrí
que Fernando era el nombre de un Rey
Español “Fernando VII”
(e Isabel la Católica) que
mucho tuvo que ver con la persecución
a los judíos, a través
de la expulsión de España
de los mismos, y de la subsiguiente
crueldad de la inquisición
(a los marranos).
Después de un par de años
de frustraciones, carencias y muchas
angustias, decidieron que parte del
grupo familiar se trasladara a la
ciudad de Rosario (Prov. de Santa
Fe) buscando nuevos horizontes para
vivir. Fue la segunda emigración.
Algunas de las experiencias relatadas
mas arriba las pude revivir posteriormente,
y se superpone a los recuerdos que
conservo, porque después de
la migración de Entre Ríos
a Rosario y posteriormente a Buenos
Aires, los chicos de la familia éramos
enviados durante las vacaciones escolares,
casi los 3 meses de verano, a nuestras
familias del campo (habían
optado por quedarse los tíos
y abuelos paternos). En este sentido
las imágenes que tengo de la
época del campo pueden ser
una condensación de recuerdos
antiguos, recuerdos de años
posteriores, relatos familiares y
fotografías de aquél
entonces.
Mi padre comenzó a trabajar
como camionero en Rosario, cargando
cajones de frutas y hortalizas; y
también armazones de hierro
para las ferias francas. Mi madre
se empleó como mucama-institutríz
en una familia inglesa adinerada.
Yo estaba en aquél entonces
al cuidado de mis abuelos maternos
y mi tía.
Es a partir de esa época, que
el grupo familiar comenzó a
sentir que las cosas estaban mejorando
y, que gradualmente estaban progresando.
Un cambio muy importante fue el traslado
de mi familia (mis padres, abuelos
maternos y yo) a Buenos Aires en 1943
(Tercera migración), ante el
ofrecimiento del patrón de
la casa donde trabajaba mi madre (que
tenía un aserradero de maderas)
para que mi padre se hiciera cargo
de una sucursal, que abriría,
en la Capital Federal.
Una caracterísitica destacada
de mi padre era la perseverancia,
la enorme capacidad de trabajo y el
deseo de brindarle a la familia la
comodidad de un saludable bienestar.
Por lo cual su dedicación al
nuevo empleo tuvo un resultado muy
bueno.
Aunque también surgieron desavenencias
en el seno familiar, en particular
entre mi padre y mis abuelos maternos,
para gran sufrimiento de mi madre.
Conflictos que he reconocido, surgen
bastante frecuentemente entre los
emigrantes, después de un primer
tiempo de armonía y solidaridad,
frente al esfuerzo por la supervivencia
y la adaptación a la nueva
situación.
En Buenos Aires no fuimos a residir
al barrio en el que habitualmente
se establecían los inmigrantes
judío –alemanes (jekes)
que era en el barrio de Belgrano,
sino que fuimos a vivir a Caballito.
En un departamento alquilado, en una
zona en la que no era tan frecuente
encontrarlos.
A fines del año 1943, el 25
de Diciembre, coincidiendo con el
nacimiento de Jesus, nació
mi hermano Juan Carlos, (interesante
relación con otro Rey de España,
pero actual) que también es
médico y psicoanalista de la
misma institución, la Asociación
Psicoanalítica Argentina.
La elección de su nombre por
parte de mis padres también
estuvo claramente alejada de la tradición
judía. Como expresara mas arriba,
el objetivo era que justamente no
fuéramos fácilmente
identificados como judíos por
el nombre (equivalente a una amarilla
estrella de David). Lo que hubiese
Implicado un riesgo muy grande, de
acuerdo a la experiencia vivida por
ellos. Además podríamos
beneficiarnos incluso del equívoco
de no ser considerados judíos,
sino “verdaderos alemanes”
porque el apellido WEISSMANN, contiene
una doble W, una doble SS y una doble
NN, por lo que muy bien podía
suponerse que es un nombre de origen
alemán, pero no judío.
Junto con nosotros en Buenos Aires,
vivían mis abuelos maternos,
en tanto que los de mi padre permanecieron
en el campo. Mi abuelo materno Hugo
comenzó a enfermar mentalmente
escapando gradualmente de la realidad,
devariando, hablando de manera confusa,
alejándose del hogar y no pudiendo
luego encontrar el camino de regreso.
Con el correr del tiempo se convirtió
en un franco delirio místico
con ideas mesiánicas. Frecuentemente
rezaba en hebreo en diferentes lugares,
fuera de todo contexto y ubicación.
En especial rezaba las bendiciones
de las festividades Judías
Mayores. Había sido muy religioso
en Alemania y pertenecía a
la logia Bené Brith. Lo cual
era un motivo de orgullo para la familia
en aquel entonces (incluso conservo
un reloj de bolsillo de oro con cadenita,
que le fuera entregado en Alemania,
en una ceremonia cargada de simbolismo),
pero indudablemente no para vivir
en la Argentina de aquél entonces.
El régimen político
imperante en Argentina por aquella
época era predominantemente
anti-judío, pro alemán
y de admiración por el régimen
nazi-fascista.
Relata Alicia Dujovne que “...de
regreso a Buenos Aires pasamos frente
a la Facultad de Filosofía
y Letras donde yo misma cursé
estudios alguna vez. Con nosotros
viajaba una profesora de la UBA. "¿Ven
esa pared? -nos preguntó- Ahora
ya han borrado lo que había
escrito. Esa frase provenía
de aquellos años 30 en que
surgieron los periódicos nacionalistas
antisemitas Pampero y Clarinada. Esta
frase volvía desde el fondo
de una historia cuyos demonios siguen
girando. "Haga patria -decía-
Mate a un judío."
(Alicia Dujovne Ortiz, LA NACION,
13 de Diciembre de 2006)
Pero se dió en nuestro caso,
la paradoja increible de que la persecución
que vivimos en un principio, era por
ser Judíos, en un país
eminentemente católico, y luego
cuando cercana ya la finalización
de la guerra y la derrota del 3er.
Reich, la Argentina le declaró
(valientemente) la guerra a la Alemania
nazi y al Imperio del Japón
(en Marzo de 1945), uniéndose
de esta manera, aunque un poco tardíamente,
a los aliados. Desde ese momento la
persecución cambió de
texto. Porque mi familia tuvo que
presentarse regularmente a la comisaría
policial cercana a nuestra vivienda,
pero esta vez por ser de origen alemán,
y por lo tanto potenciales enemigos
de la Argentina (¡¡teniendo
que informar regularmente su domicilio
y ocupación desde Enero de
1946 hasta Julio de 1948!!). Con una
Cédula Especial de Extranjero,
que decía bajo vigilancia.
Con lo cual la persecución
lamentablemente existió siempre
en aquella época, por un motivo
o por otro (por ser judíos
y por ser alemanes).
A partir de mi Bar Mitzva (ceremonia
que se realiza a los 13 años
de edad y que implica cumplir con
los preceptos del judaismo) con ceremonia
religiosa (templo de la NCI) y fiesta
posterior en mi casa. Comencé
a recibir un mayor conocimiento acerca
del judaismo, aunque nunca demasiado,
ya que no concurríamos al templo
mas que para saludar a mi madre en
las grandes Festividades, porque ella
sí había asumido la
religiosidad de mi abuelo. Prendiendo
las velas todos los viernes y haciendo
las bendiciones correspondientes.
Costumbre que sigue manteniendo hasta
la actualidad.
El temor a ser reconocido como judío
me parece que siguió existiendo.
En el Colegio fuí discriminado
abiertamente de mis compañeros,
porque tenía que asistir a
clases de Moral, cuando el resto de
mis compañeros tenían
como materia Religión, y hasta
en algunas ocasiones me insultaron
con el consabido “judío
de mierda”. En la Universidad
tomé distancia de aquellos
profesores u Hospitales que se rumoreaba
que no simpatizaban demasiado con
los judíos. En especial en
las Guardias Médicas Hospitalarias
que abiertamente rechazaban a los
judíos y a las mujeres.
Recuerdo con mucha emoción
que mi padre me acompañó
a comprar los primeros libros de la
carrera de Medicina (que él
hubiera querido estudiar), sin reparar
en gastos (por ej. ¡¡los
4 tomos de Testut Latarjet, en tapa
dura!!) a pesar que no eramos una
familia pudiente. Fue un hecho muy
significativo para mí, ya que
mi padre no solía ser muy expresivo
de sus sentimientos. Sin embargo mostraba
su orgullo frente a familiares, amigos
y conocidos, contando con mucha satisfacción
y orgullo que tenía, no solamente
un hijo médico sino dos, ya
que mi hermano también se había
recibido de médico y luego
de psicoanalista.
Gracias a la gestión de mi
abuela paterna, ingresé y comencé
a vivir y trabajar como médico
interno en el Hogar de Ancianos “Adolfo
Hirsch”, de la Asociación
Filantrópica Israelita (que
comenzó denominándose
"Hilfsverein Deutschsprechender
Juden") en 1965.
En esa época conocí
al Dr. Ángel Garma, renombrado
psicoanalista argentino (emigrado
de España y que llegó
al pais en épocas muy cercanas
a la de mis padres). Ángel
se había formado en el Instituto
Psicoanalítico de Berlín
antes de la 2ª Guerra Mundial
y había renunciado a su membresía
cuando fueron expulsados los psicoanalistas
judíos de dicho Instituto.
Fue uno de los pioneros que fundó
la Asociación Psicoanalítica
Argentina junto con Arnaldo Raskovsky
y Celes Cárcamo (1942).
Comencé un grupo de estudios
con Jorge Cagnoni (psicoanalista que
estaba también realizando su
formación en la APA) y mi análisis
personal con José Schechtman.
Mi trabajo en el Hogar Adolfo Hirsh,
me dió la posibilidad de costearme
el psicoanálisis, los estudios,
y pensar en casarme con Aída
(1965). Comencé a hacer psicoterapia
con los internados y a realizar terapias
grupales, estimulado por Leopoldo
Salvarezza (psicoanalista que estaba
trabajando sobre el tema geriátrico
y era profesor en la Escuela de Psicoterapia
para Graduados y en la Universidad)
y Mario Strejilevich (reconocido gerontopsiquiatra
de la época).
Los ancianos eran sobrevivientes que
habían logrado escapar de la
Alemania nazi y en muchos casos llevaban
grabados en el antebrazo los números
que los identificaban cuando eran
prisioneros en los Campos de Concentración.
Habían perdido su nombre y
su condición de seres humanos.
Así fue que tomé un
contacto muy directo e impresionante
con el genocidio nazi, a través
de los relatos que me hacían
estos pacientes en las sesiones grupales
e individuales. Síntomas somáticos,
insomio y pesadillas, surgían
con mucha frecuencia. Pude aliviar
y mejorar a algunos de mis pacientes,
después de vencer grandes resistencias
para traer dichas vivencias al recuerdo,
pero yo mismo quedaba bastante alterado
después de escuchar los trumáticos
relatos que me hacían.
A partir de 1967 comencé a
estudiar en la Escuela de Psicoterapia
para Graduados, cuyos profesores eran
casi en su totalidad miembros o candidatos
de la Asociación Psicoanalítica
Argentina. Mientras realizaba mi análisis
personal, en 1970, pude iniciar mi
formación en APA y mi análisis
Didáctico con Ángel
Garma.
Por otra parte nuestra familia siguió
creciendo, teniendo en la actualidad
la enorme satisfacción de haber
criado y educado a mis tres hijas
(Paula-médica, Viviana-economista
y Carina-bioquímica) y disfrutando
hoy en día, de cuatro nietos
(Sebastián, Estefanía,
Santiago y Agustín) y dos yernos
(Damián y Marcelo).
Algunas Conclusiones:
Considero que de los diversos factores
que influyeron en mi vida, y me llevaron
a ser psicoanalista, asi como mi creciente
interés por el tema de la persecución
antijudía, los más importantes
han sido: a) el clima persecutorio
anti-judío transmitido a través
de mis padres, b) su forzada y angustiante
emigración, c) el intento del
inicial ocultamiento de nuestra condición
de judíos y por otra parte
d) la actitud comprensiva, protectora
y cariñosa de mi familia que
me fueron permitiendo una gradual
elaboración de dicha persecución
y e) el posterior acercamiento al
psicoanálisis.
El psicoanálisis me permitió
entender algo más acerca de
mi origen y el peso que tuvo la persecución
antijudía. Pero quisiera en
particular señalar la incidencia
que seguramente tuvo, en mis primeros
años, mi abuelo materno Hugo.
Pienso que pude salir adelante, desarrollarme,
formar una familia y ser útil
a la sociedad en la que vivo, (conservando
sin embargo siempre una dosis de temor
o incluso cierto estado latente de
preparación frente al potencial
peligro de persecución) gracias
al cariño y contención
de mi familia.
En este sentido los sobrevivientes
han tenido una función notable,
por un lado han elegido la vida y
decidieron luchar tenazmente por ella
(no hubo muchos casos de suicidio
en los Campos de Concentración),
pero además han tenido ese
impulso vital de querer cuidar y proteger
con una energía enorme, a sus
hijos y nietos.
Durante muchos años no quise
saber nada de los Campos de Concentración
y de la persecución nazi. No
quería leer libros, ni ver
películas o la TV, sobre este
tema, porque la angustia que me producía
era muy difícil de tolerar.
No podía dormirme sin tener
pesadillas, en las que me veía
transportado a situaciones terriblemente
torturantes, siniestras, y terroríficas.
Me costó mucho esfuerzo poder
entrar al Museo Yad Vashem en Israel.
Porque era como si yo mentalmente
me trasladara allí, identificándome
con el sufrimiento de las víctimas,
y vivir lo que mis antepasados y correligionarios
habían sufrido. Entiendo que
tiene que ver con la culpa de los
sobrevivientes, porque lo he conversado
con colegas (sobrevivientes e hijos
de sobrevivientes) de 2ª generación
del Holocausto, a los que les sucedía
lo mismo. Pero con el tiempo y la
ayuda del psicoanálisis, gradualmente
pude ir acercándome a los relatos,
escritos e imágenes del odiado
3er. Reich. Incluso la expresión
-3er. Reich- del título de
esta presentación me da la
impresión de ser un eufemismo
por la persecución genocida-nazi.
Problemática de la
Wiedergutmachung:
Relacionado con el tema anteriormente
mencionado está la aceptación
por parte de las víctimas y
de los sobrevivientes de la “Wiedergutmachung”
de Alemania. Problema que generó
un íntimo conflicto en mi familia
como en tantas otras. Se trata de
la decisión de aceptar o no
los humillantes trámites y
revisaciones médico-psicológicas,
con el objetivo de recibir del gobierno
alemán de post-guerra, una
suma de dinero en concepto de indemnización,
o/y una jubilación que les
hubiera correspondido, de no haber
existido la persecución y el
genocidio. Los nazis les habían
quitado a las víctimas no solamente
la posibilidad de vivir y trabajar
en Alemania sino incluso les habían
quitado todos sus bienes e incluso
la odiada nacionalidad alemana (ya
que emigraron despojados de toda identidad).
El problema que trae la Wiedergutmachung
es la posibilidad de remediar un daño
o un conflicto. Con la finalidad de
“hacer (machen) de nuevo (wieder)
bien (gut)”, lo que se hizo
mal y operaría con la lógica
del resarcimiento (J. Canestri). Pero,
por supuesto, habría que precisar
su límite, y asumir que no-todo
daño es remediable. De este
modo nos enfrentamos con el arduo
tema de la posibilidad de perdonar.
Siendo la así llamada religión
del perdón (Versöhnung,
con sus resonancias cristianas -Democracia
Cristiana- y de los cuales el perdón
es uno de los sacramentos), que posibilita
la reconciliación con Dios,
expresión del ilimitado poder
del amor. (Alberto Cabral)
Lo imperdonable señala un límite
a la reconciliación (Versöhnung).
En un trabajo reciente, Canestri,
(2006), ha propuesto construir con
este término un concepto que
agrupa sus usos dispersos en la obra
de Freud. Y lo inscribe, más
allá de sus diferencias, en
el mismo campo semántico que
la reparación kleiniana (Wiedergutmachung).
¿Se podrá aceptar la
Wiedergutmachung sin perdonar? Arduo
problema que fue resuelto en mi familia
respondiendo por la afirmativa, pero
dejando sus secuelas.
Otros aportes:
Hay un sobreviviente en particular
que conocí mucho tiempo después,
pero con mayor profundidad, Jack
Fuchs. Que pudo atreverse a hablar,
dar charlas, conferencias y escribir
artículos periodísticos
y libros. Me permitió comprender
un poco más la dificultad que
tienen los sobrevivientes para hablar
sobre sus vivencias.
Fue mi interés por el tema
del genocidio nazi lo que me llevó
también a participar junto
a un grupo de colegas en la presentación
de un trabajo psicoanalítico
sobre “El horror en la contratransferencia”,
en el 38º Congreso de la IPA
en Amsterdam (Holanda, 1993). En que
presentamos el caso de una joven paciente
alemana, cuyo padre probablemente
formara parte de la SS, y que yo había
atendido en la Argentina (en alemán)
cuando temporariamente residió
en nuestro país.
El psicoanalista alemán Eberard
Haas presentó en el Congreso
de la IPA (de Buenos Aires, 1991)
un trabajo muy interesante, en el
que participé como comentador,
postulando una diferencia muy valiosa
entre el recordar y el rememorar/conmemorar.
Con lo cual incluyó la enorme
importancia de la dimensión
socio-cultural para señalar
la necesidad del reconocimiento de
la sociedad. Elemento que había
sido dejado de lado durante muchos
años. Porque no podemos dejar
de recordar que la imposibilidad o
gran dificultad que los judíos
tuvieron para poder emigrar de la
Alemania del 3er. Reich, no provino
solamente de los nazis alemanes que
querían exterminarlos (El Protocolo
Solución Final, Conferencia
de Wannsee, data de Enero de 1942)
sino porque ya con mucha anterioridad
no fueron aceptados, por lo general,
por ningún país.
Es por ello que el reconocimiento
de la sociedad, su aceptación
por la comunidad, a través
de: Encuentros, Congresos, rememoraciones
públicas, museos evocativos,
publicación de diarios, revistas,
libros, etc. Incluida la creación
del Estado de Israel, es una manera,
a mi parecer, en que parcialmente
se intenta reparar un hecho fácil
de reconocer: El rechazo que hacia
los judíos tenía la
comunidad internacional en su globalidad.
Como si hubiese “algo de cierto”,
en que el pueblo judío era
una minoría merecedora del
maltrato, la tortura y el asesinato.
No debiendo haber para ellos lugar
alguno para vivir en este planeta,
pues todo lo contaminan e infectan.
Hubo incontables acontecimientos históricos
y políticos que fueron preparando
el holocausto y su acontecer desde
hacía muchos siglos.
La culpa:
¿Se puede acusar al pueblo
alemán en su totalidad o solamente
al gobierno o a algunos de sus gobernantes
de una determinada época, o
a la humanidad entera?
En este sentido me parece oportuno
citar al filósofo Kart Jaspers
que señala con acierto cuatro
niveles de culpabilidad frente a lo
perpetrado:
1) La culpa criminal,
que recae sobre los autores materiales
de los hechos.
2) La culpa política,
que recae sobre quienes estuvieron
ligados con el Estado.
3) La culpa moral,
que recae sobre las personas que se
mostraron de acuerdo o se comportaron
de manera indiferente frente a la
barbarie de la que eran contemporáneos.
4) La culpa metafísica,
que recae sobre el hombre, por pertenecer
a la humanidad que permitió
que ocurriera lo acontecido y que
les negó su solidaridad a las
víctimas. (Adriana Schettini)
Para finalizar quisiera citar a PRIMO
LEVI a 20 años de
su muerte:
Jack Fuchs en “El
poder de las palabras”,
lo recordó con este poema
Si esto es un hombre
Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver
por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por
un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío
el regazo
Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan
el rostro.
Buenos Aires, 5 de Octubre de
2007.
|