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Experiencias migratorias y los fenómenos interculturales
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Desde Israel
 

El miércoles de la semana pasada, un ruido extraño atravesó el cielo de Naharia por encima de mi casa. Nunca había oído algo así.

Poco después me llamó una amiga para preguntarme si estaba asustada ¿Debía estarlo? Le pregunté. Me contó que un misil había caído en un kibutz cerca de Naharia, entonces entendí qué era ese sonido desconocido para mí. Hacia la noche me llamó otra amiga del pueblo de Maalot, preguntándome si por casa había pasado un camión con altavoz anunciando que debíamos ir a los refugios. Recordé que un camión con altavoz sí pasó, pero como siempre lo hace el que vende sandías, pensé que era ese, ella me dijo que por su pueblo sí lo hizo. Esa noche, cuando me fui a dormir, escuché como muy lejanas algunas explosiones.

Fuimos despertados a las 6 de la mañana del jueves por el sonido del altavoz de un camión. Prestamos atención con mi marido, habiendo sido ya advertidos, y pudimos escuchar la palabra refugios en hebreo. No sabíamos qué hacer. Me asomé al pasillo del edificio, pero no ví bajar ningún vecino y miré al sótano, a ver si ya había alguien, pero todo estaba oscuro. Decidimos esperar, y ver por la ventana para ver qué hacían los otros. Un par de personas fueron a la plaza frente a casa a pasear sus perros, entonces escuchamos una detonación muy fuerte, que estremeció la ventana de nuestro cuarto, mi marido enseguida cerró la persiana, luego volvimos a observar, las dos personas que estaban en la plaza se miraron entre ellos con cara de asustados y decidieron irse, el camión volvió a pasar. Volví a asomarme y esta vez ví que una vecina bajaba, me dijo que estaba yendo al refugio, mi marido despertó a mi nene más chico (el mayor estaba en una colonia en Jerusalem) y lo vistió mientras yo hacía lo mismo conmigo y preparaba algunas cosas, como una botella de agua y sillas, para llevar. Bajamos al refugio, ya había algunos vecinos. Un vecino colaboró con un ventilador, otra con un budín, otros llevaron la radio para escuchar las noticias y en eso estábamos cuando el techo del refugio se estremeció con el estallido de una segunda bomba. Todos nos miramos asustados.

Luego no se escuchó más nada. Cuatro horas y media estuvimos allí. Parientes y amigos se comunicaban con nosotros para ofrecernos ayuda y ver cómo estábamos. Cuando vimos que todos los vecinos subían, también lo hicimos nosotros.

Recordé todos los ofrecimientos que nos hicieron para que salgamos de la ciudad y nos vayamos a un lugar seguro. Entre ellos, un amigo de Jaifa que se ofreció para lo que pudiera, incluyendo su casa. Para ese entonces, aún no había caído nada en Jaifa. Le propuse a mi marido irnos a la casa de sus padres y, luego de leer en un diario israelí en Internet que era posible que tuviéramos que pasar la noche en los refugios, finalmente nos decidimos. El papá del amigo de Jaifa nos vino a buscar a eso de las 15 horas. Hicimos un bolso con lo básico que podíamos llegar a necesitar, lo justo para unos pocos días, creíamos, en nuestra ingenuidad, que sólo deberíamos estar ausentes el fin de semana.

Para salir de Naharia, había que pasar por una rotonda a la vuelta de casa. Cuando estábamos por la ruta, unos pocos minutos después, vimos pasar un camión de bomberos, más tarde veríamos la rotonda por la que habíamos pasado, envuelta en llamas, impactó allí sólo unos cuantos minutos después de que nosotros la hubiéramos pasado. Tomamos el tren en Jaifa, estaba llenísimo. Cada persona con la que hablaba resultaba ser de Naharia, huyendo a lugares más seguros. También en Jaifa, veríamos luego por la tele, habían caído ese día un par de misiles, no podíamos creer cómo veníamos zafando.

Ahora estamos como refugiados en la casa de mis suegros, en la ciudad de Jedera. Por aquí aún no pasó nada, pero en la tele dan instrucciones, incluso en español, de los recaudos que debemos tener. Todas nuestras cosas quedaron en nuestra casa, y no sabemos lo que encontraremos al volver, ni cuánto tiempo deberemos estar aquí. Somos siete personas en una casa para cuatro, es difícil organizarse para que el agua caliente alcance para todos para bañarnos y no chocarnos cada tanto, pero lo vamos sobrellevando. Quiera Dios que esto se termine pronto, que no haya más muertos ni heridos de ninguno de los dos lados y que podamos tener paz también en nuestras mentes y nuestros corazones. Cuando por aquí pasa el camión de las sandías, cuesta no alarmarse y pensar que es un llamado a ir a los refugios.

Parece extraño, en una situación como esta desear que tengan un buen día, pero se los deseo de corazón.

Cynthia Laura

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