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VIAJERA IMPENITENTE
Luego de casi dos meses en Bangladesh,
como asistente a un curso internacional,
creí que mis reservas de sorpresa
se habían agotado. Me había
acostumbrado a que mis compañeros
de clase comieran con la mano derecha
y sin cubiertos, a que en las recepciones
no hubiera alcohol, a que en las fiestas
no se bailara como sucede en nuestras
tierras. Me había acostumbrado,
eso creía, a estar al otro
lado del mundo.
Como parte del curso, teníamos
programado un viaje al lugar turístico
por excelencia de Bangladesh, el balneario
de Cox’s Bazaar, famoso por
tener una de las playas más
largas del mundo. Tenía muchas
expectativas sobre este paseo, pues
el verano era bastante fuerte y no
había tenido la oportunidad
de ir a la playa hasta ese fin de
semana.
Quizás si hubiera puesto mayor
atención a ciertos detalles,
este episodio no hubiera sucedido.
Ahora recuerdo que cuando hacíamos
los planes, Helal, un amigo bangladeshi,
sugirió que, como estaríamos
llegando cerca al mediodía,
nos hospedemos en el hotel, almorcemos,
hagamos algunas compras, y vayamos
a la playa recién al atardecer,
para disfrutar del ocaso. Con mi habitual
terquedad, logré convencerlos
de adelantar el horario.
También recuerdo que cuando
finalmente estábamos en camino
a la playa, me percaté de que,
si bien algunos de mis compañeros
habían aligerado sus ropas,
había otros con camisa, pantalones,
medias y zapatos. Las mujeres también
estaban con su ropa cotidiana. Mi
sensación era que, poco habituados
a ir a la playa, no tenían
los implementos y accesorios con los
que los limeños acompañamos
nuestras incursiones al mar, pero
que seguramente todos tenían
puesta su ropa de baño.
Cuando divisé la playa quedé
extasiada. La arena dorada, vacía
de bañistas, se extendía
hasta donde podía mirar. Las
olas amigables me llamaban con un
susurro, los rayos del sol me empujaban
al agua. Tan rápido como pude,
me quité el polo y la falda
que tenía puestos sobre la
ropa de baño, los puse en mi
bolsa, se los di a un amigo y entré
directamente al agua, sin mirar atrás.
Cuando atiné a voltear la vista,
después de un par de zambullidas,
me di cuenta que, sin saber de donde,
cerca de cincuenta ansiosos hombres
venían hacia mí. Afortunadamente,
mis amigos se habían dado cuenta
y se adelantaron, creando una pared
entre mi ocasional público
y yo. Sin saber como, tenía
de nuevo toda la ropa puesta y salí
del agua escoltada. Nunca creí
que una menuda limeña, de medidas
cautelosas y mediana edad, pudiera
causar tanta sensación.
Pasado el susto inicial, supe que
en estas playas las mujeres casi no
se bañan y si lo hacen, se
meten al agua con toda su ropa (pantalón,
túnica y chal). Lo más
probable es que estos hombres no querían
agredirme, sino que simplemente habían
sentido curiosidad por ver a una mujer
con tan escasa vestimenta. Ahí
me expliqué porque no hay turistas
extranjeros en las playas de Bangladesh!
Rosa Mendoza García
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