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Gabriel.
Israel
Para los que quieren saber en qué
anda el asunto “idioma hebreo”:
hace ya un mes terminé el ulpán
alef (curso primero de idioma). A
aquellos que pensaron que este primer
curso es insuficiente para desenvolverse
con holgura en la sociedad israelí,
debo darles una mala noticia: estaban
en lo cierto. Lamentablemente, yo
no sostenía esta opinión,
sino que tenía la ingenua ilusión
de terminar el ulpán e ir directamente
a conversar con cuanto israelí
se me cruzara, por lo que al ir aproximándose
la finalización del curso,
se fue despertando en mí la
decepción correspondiente,
hasta llegar a estar a esta altura
completamente despabilada.
Visto entonces que mi nivel de hebreo
con dificultad me permitía
realizar las compras en el supermercado
(donde, como sabrán, no hace
falta hablar), decidí continuar
mis estudios idiomáticos. Y
como la lógica lo indica, si
yo había terminado el primer
curso, ahora tenía que iniciar
el segundo.
Bien, en toda la región razonablemente
accesible desde donde yo vivo, no
encontramos – ni yo ni mis vecinos
que también querían
estudiar - curso segundo (ulpán
bet) de idioma hebreo. De todas partes
me llegaban rumores sobre supuestos
cursos de diversas índoles:
fulano decía que en tal lugar
enseñan hebreo junto con computación,
pero que podía pagar la mitad
y cursar sólo hebreo; mengano
había oído que en tal
otro dictan clases de idioma especializado
para cheffs, pero que igual valía
la pena; zutano creía que acullá
se cursa corte y confección
en japonés…….;
en fin, no recibía ningún
dato concreto.
Uno de los rumores me llegó
por boca del infaltable X, a quien
le habían dicho, aunque no
estaba seguro de la fiabilidad de
la fuente, que en el colegio Emek
Ha Yarden había un curso avanzado
de hebreo. Y el rumor, puesto en la
boca del representante oficial del
Estado, se convierte para el olé
jadash en información fidedigna.
Así que tomé su recomendación,
y me dirigí hacia allí.
Cuando llegué, vi algunas
personas paradas cerca de la puerta
del aula. Aproximándome, pude
distinguir que dos muchachos estaban
hablando castellano, y con notorio
acento argentino. Me alegré
grandemente, puesto que tendría
con quiénes darles descanso
a mis oídos. En ese instante
la morá (profesora) abrió
la puerta del aula, así que
todos empezaron a entrar. Alcancé
a uno de los argentinos cruzando la
puerta, y lo saludé:
-¡Hola!
El aludido pareció haberse
sorprendido; tal vez no esperara oír
otra voz española en ese lugar.
Giró la cabeza, me miró,
y me respondió el saludo, con
una media sonrisa que expresaba por
una parte la alegría de haber
encontrado a un compatriota, y por
otra parte la desconfianza de haberse
topado con un completo desconocido.
Le pregunté:
-¿Acá se cursa el ulpán
bet, verdad?
La media sonrisa del argentino se
desvaneció de su cara y se
trocó en un gesto agrio. Su
mirada, que durante esos instantes
había sido amable, se transformó
en hostil. Levantó la frente,
y mirándome desde arriba, ofendido,
me contestó con rudeza:
-¡No! ¡Esto es un ulpán
guimel dalet (curso tercero - cuarto)….!-
e indignadísimo volvió
a girar la cabeza y se dirigió
a su asiento.
¡Cómo podía haber
yo confundido un curso segundo con
un curso tercero-cuarto! ¡Cuán
irreverente había sido! Al
día de hoy, no ha vuelto a
dirigirme la palabra.
Por suerte encontré a un
tercer argentino, más humilde,
quien me explicó que el curso
había empezado hacía
ya una semana, y que ahí todos
los alumnos eran personas que dominaban
en mayor o en menor medida el idioma
hebreo (residentes en el país
desde hacía dos o tres años,
o más), pero que necesitaban
perfeccionarse. Es decir, estaba rodeado
de gente que hablaba el hebreo sin
dificultad, cosa que no es precisamente
mi caso.
Entré al aula, y me senté.
¡Estaba en un ulpán guimel
dalet! Me encontraba en un curso tercero-cuarto,
habiendo a duras penas terminado el
primero, y obviamente faltándome
el segundo. Cuando caí en la
cuenta, asaltóme el terror.
Lo más probable sería
que no entendiese nada; que toda esa
gente que estaba ahí sentada
en los pupitres sí entendiese,
y la morá siguiera el ritmo
de ellos, inalcanzable para mí.
Todos avanzarían a velocidades
astronómicas, y yo quedaría
perdido, relegado al puesto de “el
peor de la clase”, sentado en
el fondo del aula haciendo dibujitos
en el cuaderno, ante la imposibilidad
de tomar apuntes. Mientras pensaba
en estas cosas, la morá empezó
a hablar. Y yo, ya con su primera
palabra, sentí que no podía;
que aquello era demasiado para mí.
Decidí abandonar el aula, volver
a casa y explicarle a Cynthia que
en realidad el curso no era un nivel
segundo, como yo necesitaba, sino
tercero y aún cuarto; que yo
no estaba a la altura de aquellas
explicaciones dignas sólo de
eruditos de la gramática y
la literatura hebrea, y anque semiólogos
o doctores en letras, que había
visto sentado entre los alumnos a
Humberto Eco; y que en definitiva,
para poder estar ahí sentado,
había que ser muy macho. Que
en realidad yo no era tan valiente
como ella creía de mí;
y que si en realidad ella se había
casado conmigo creyendo que yo poseía
una dosis alta de esa virtud, ahora
debía confesarle que en realidad
se estaba demostrando que yo era un
cobarde. Que si me pedía el
divorcio, estaba en su derecho, y
yo no podía esgrimir argumentos
a mi favor. Ya cerrando mi cuaderno,
le dije al argentino que sí
me hablaba:
-Me voy. Ya no entiendo nada.
-¿Qué no entendiste?
- Lo que dijo. La única palabra
que dijo, no la entendí; y
como viene la cosa, ya veo que no
voy a entender nada de nada.
- Pero….¿vos escuchaste
lo que dijo?
- Sí…o no, no sé.
Ya no sé ni cómo me….
- Dijo “Shalom” - me
interrumpió.
En ese momento, me pareció
que no era tan difícil el ulpán
guimel dalet. Después de todo,
nadie entiende todas las palabras,
incluso en su idioma natal. Así
que cambié de opinión,
y me quedé.
Durante el transcurso de esa primera
clase, mis emociones fueron oscilando
entre la espeluznancia y la seguridad
en mí mismo. Me voy…..o
no, me quedo. Me voy…me quedo.
Pero habiendo captado el cincuenta
porciento de lo explicado por la morá,
me retiré satisfecho.
Pasaron la segunda y la tercera clase,
con el mismo éxito, y con las
mismas variaciones emotivas. El curso
es pago, pero como nadie venía
a cobrarme…..Yo pensaba argüir
que, dado mi bajo nivel de hebreo
frente al resto del alumnado, necesitaría
asistir en carácter de oyente
para poder determinar si las clases
me serían de provecho o no,
y que la decisión de pagar
el curso la tomaría recién
en la última clase. De esta
manera evitaría tomar una decisión
apresurada.
Sin embargo, a la cuarta clase, apareció
por el aula la secretaria del colegio,
quien, en resumen, enunció
lo siguiente: “el que no paga,
no puede estar acá”.
Así que me dirigí a
hacer la cola en la secretaría,
chequera en mano.
Mientras esperaba que me atendiesen,
pensaba que tal vez, al notar la secretaria
mi bajo nivel de idioma, me “sugeriría”
hacer un curso segundo, en vez del
que había empezado. O quizá
me impondrían como requisito
el tener un certificado de ulpán
bet para poder cursar ahí.
De todos modos, me tranquilizaba la
idea de que allí, en la secretaría,
se definiría mi continuidad
en aquel ulpán o no. Ya la
decisión no debía tomarla
yo.
Con estas dudas entré a la
secretaría, esperando la examinación
de la secretaria. Me senté
frente a ella, y entonces me preguntó:
- ¿Cómo se llama?
- Gabriel – le contesté.
- ¡Qué maravilla! –
Exclamó - ¡Qué
excelentemente bien habla usted hebreo!
¿Trajo la plata?
Levanté la chequera, y antes
de que pudiera señalarla, me
dijo:
-Perfecto. ¿Hacemos tres cheques?....
Así fue como ingresé.
Ahora, cuando alguien se entera de
que terminé el curso primero,
y me pregunta si estoy estudiando
en el curso segundo, yo lo miro con
desprecio y le contesto: “¡Pst!
¡Estoy en el ulpán guimel
dalet!”.
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[1] Ulpán: curso de hebreo. |