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Experiencias migratorias y los fenómenos interculturales
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Ulpán[1] Bet
 

Gabriel. Israel

Para los que quieren saber en qué anda el asunto “idioma hebreo”: hace ya un mes terminé el ulpán alef (curso primero de idioma). A aquellos que pensaron que este primer curso es insuficiente para desenvolverse con holgura en la sociedad israelí, debo darles una mala noticia: estaban en lo cierto. Lamentablemente, yo no sostenía esta opinión, sino que tenía la ingenua ilusión de terminar el ulpán e ir directamente a conversar con cuanto israelí se me cruzara, por lo que al ir aproximándose la finalización del curso, se fue despertando en mí la decepción correspondiente, hasta llegar a estar a esta altura completamente despabilada.

Visto entonces que mi nivel de hebreo con dificultad me permitía realizar las compras en el supermercado (donde, como sabrán, no hace falta hablar), decidí continuar mis estudios idiomáticos. Y como la lógica lo indica, si yo había terminado el primer curso, ahora tenía que iniciar el segundo.

Bien, en toda la región razonablemente accesible desde donde yo vivo, no encontramos – ni yo ni mis vecinos que también querían estudiar - curso segundo (ulpán bet) de idioma hebreo. De todas partes me llegaban rumores sobre supuestos cursos de diversas índoles: fulano decía que en tal lugar enseñan hebreo junto con computación, pero que podía pagar la mitad y cursar sólo hebreo; mengano había oído que en tal otro dictan clases de idioma especializado para cheffs, pero que igual valía la pena; zutano creía que acullá se cursa corte y confección en japonés…….; en fin, no recibía ningún dato concreto.

Uno de los rumores me llegó por boca del infaltable X, a quien le habían dicho, aunque no estaba seguro de la fiabilidad de la fuente, que en el colegio Emek Ha Yarden había un curso avanzado de hebreo. Y el rumor, puesto en la boca del representante oficial del Estado, se convierte para el olé jadash en información fidedigna. Así que tomé su recomendación, y me dirigí hacia allí.

Cuando llegué, vi algunas personas paradas cerca de la puerta del aula. Aproximándome, pude distinguir que dos muchachos estaban hablando castellano, y con notorio acento argentino. Me alegré grandemente, puesto que tendría con quiénes darles descanso a mis oídos. En ese instante la morá (profesora) abrió la puerta del aula, así que todos empezaron a entrar. Alcancé a uno de los argentinos cruzando la puerta, y lo saludé:

-¡Hola!

El aludido pareció haberse sorprendido; tal vez no esperara oír otra voz española en ese lugar. Giró la cabeza, me miró, y me respondió el saludo, con una media sonrisa que expresaba por una parte la alegría de haber encontrado a un compatriota, y por otra parte la desconfianza de haberse topado con un completo desconocido. Le pregunté:

-¿Acá se cursa el ulpán bet, verdad?

La media sonrisa del argentino se desvaneció de su cara y se trocó en un gesto agrio. Su mirada, que durante esos instantes había sido amable, se transformó en hostil. Levantó la frente, y mirándome desde arriba, ofendido, me contestó con rudeza:

-¡No! ¡Esto es un ulpán guimel dalet (curso tercero - cuarto)….!- e indignadísimo volvió a girar la cabeza y se dirigió a su asiento.

¡Cómo podía haber yo confundido un curso segundo con un curso tercero-cuarto! ¡Cuán irreverente había sido! Al día de hoy, no ha vuelto a dirigirme la palabra.

Por suerte encontré a un tercer argentino, más humilde, quien me explicó que el curso había empezado hacía ya una semana, y que ahí todos los alumnos eran personas que dominaban en mayor o en menor medida el idioma hebreo (residentes en el país desde hacía dos o tres años, o más), pero que necesitaban perfeccionarse. Es decir, estaba rodeado de gente que hablaba el hebreo sin dificultad, cosa que no es precisamente mi caso.

Entré al aula, y me senté. ¡Estaba en un ulpán guimel dalet! Me encontraba en un curso tercero-cuarto, habiendo a duras penas terminado el primero, y obviamente faltándome el segundo. Cuando caí en la cuenta, asaltóme el terror. Lo más probable sería que no entendiese nada; que toda esa gente que estaba ahí sentada en los pupitres sí entendiese, y la morá siguiera el ritmo de ellos, inalcanzable para mí. Todos avanzarían a velocidades astronómicas, y yo quedaría perdido, relegado al puesto de “el peor de la clase”, sentado en el fondo del aula haciendo dibujitos en el cuaderno, ante la imposibilidad de tomar apuntes. Mientras pensaba en estas cosas, la morá empezó a hablar. Y yo, ya con su primera palabra, sentí que no podía; que aquello era demasiado para mí. Decidí abandonar el aula, volver a casa y explicarle a Cynthia que en realidad el curso no era un nivel segundo, como yo necesitaba, sino tercero y aún cuarto; que yo no estaba a la altura de aquellas explicaciones dignas sólo de eruditos de la gramática y la literatura hebrea, y anque semiólogos o doctores en letras, que había visto sentado entre los alumnos a Humberto Eco; y que en definitiva, para poder estar ahí sentado, había que ser muy macho. Que en realidad yo no era tan valiente como ella creía de mí; y que si en realidad ella se había casado conmigo creyendo que yo poseía una dosis alta de esa virtud, ahora debía confesarle que en realidad se estaba demostrando que yo era un cobarde. Que si me pedía el divorcio, estaba en su derecho, y yo no podía esgrimir argumentos a mi favor. Ya cerrando mi cuaderno, le dije al argentino que sí me hablaba:

-Me voy. Ya no entiendo nada.

-¿Qué no entendiste?

- Lo que dijo. La única palabra que dijo, no la entendí; y como viene la cosa, ya veo que no voy a entender nada de nada.

- Pero….¿vos escuchaste lo que dijo?

- Sí…o no, no sé. Ya no sé ni cómo me….

- Dijo “Shalom” - me interrumpió.

En ese momento, me pareció que no era tan difícil el ulpán guimel dalet. Después de todo, nadie entiende todas las palabras, incluso en su idioma natal. Así que cambié de opinión, y me quedé.

Durante el transcurso de esa primera clase, mis emociones fueron oscilando entre la espeluznancia y la seguridad en mí mismo. Me voy…..o no, me quedo. Me voy…me quedo. Pero habiendo captado el cincuenta porciento de lo explicado por la morá, me retiré satisfecho.

Pasaron la segunda y la tercera clase, con el mismo éxito, y con las mismas variaciones emotivas. El curso es pago, pero como nadie venía a cobrarme…..Yo pensaba argüir que, dado mi bajo nivel de hebreo frente al resto del alumnado, necesitaría asistir en carácter de oyente para poder determinar si las clases me serían de provecho o no, y que la decisión de pagar el curso la tomaría recién en la última clase. De esta manera evitaría tomar una decisión apresurada.

Sin embargo, a la cuarta clase, apareció por el aula la secretaria del colegio, quien, en resumen, enunció lo siguiente: “el que no paga, no puede estar acá”. Así que me dirigí a hacer la cola en la secretaría, chequera en mano.

Mientras esperaba que me atendiesen, pensaba que tal vez, al notar la secretaria mi bajo nivel de idioma, me “sugeriría” hacer un curso segundo, en vez del que había empezado. O quizá me impondrían como requisito el tener un certificado de ulpán bet para poder cursar ahí. De todos modos, me tranquilizaba la idea de que allí, en la secretaría, se definiría mi continuidad en aquel ulpán o no. Ya la decisión no debía tomarla yo.

Con estas dudas entré a la secretaría, esperando la examinación de la secretaria. Me senté frente a ella, y entonces me preguntó:

- ¿Cómo se llama?

- Gabriel – le contesté.

- ¡Qué maravilla! – Exclamó - ¡Qué excelentemente bien habla usted hebreo! ¿Trajo la plata?

Levanté la chequera, y antes de que pudiera señalarla, me dijo:

-Perfecto. ¿Hacemos tres cheques?....

Así fue como ingresé. Ahora, cuando alguien se entera de que terminé el curso primero, y me pregunta si estoy estudiando en el curso segundo, yo lo miro con desprecio y le contesto: “¡Pst! ¡Estoy en el ulpán guimel dalet!”.

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[1] Ulpán: curso de hebreo.

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