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Alejandra Perciavalle
Nyon, 21 de febrero 2003
Esta mañana nos sentamos a
desayunar a las 07:15. Como todas
las mañanas me someto al gran
esfuerzo de arrear a mis hijos hasta
la mesa de la cocina, los atraigo
con trucos de odalisca china y despliego
el ingenio y el humor para despertarlos
sin sobresaltos y conseguir que tomen
algo caliente y lleguen a tiempo al
colegio. Si, a esa hora de la matina,
son como mansas ovejitas tiernas y
abúlicas que se pasean por
la casa como almas en pena o fantasmas
extraviados que solo hallarán
la paz volviendo al lecho.
Luego de haber cumplido con el desfile
de bostezos y estiramientos de rigor,
instalados ya en la mesa del desayuno,
muchas veces logramos hilar conversaciones
maravillosas pues una vez despertados,
uno los agarra fresquitos y tiernos
y si bien el tiempo es breve disfruto
mucho de esos instantes compartidos
al comienzo del día.
Desde Pilar que arrastramos la costumbre
de tener la radio prendida como fondo
para ilustrar el desayuno. Somos tan
prolijos que, como cada uno tiene
una en su cuarto, están todas
sintonizadas en la misma emisión
y entonces por toda la casa se puede
escuchar lo mismo. Esta costumbre
en realidad se hizo moda con mi madre,
quien esgrimía una pasión
desmedida y desatinada por saber,
ni bien se levantaba, cual era la
temperatura exterior. Siempre me pregunté
cual era el sentido de tamaña
adicción ya que mi madre salía
poco y como un problema de regla de
tres simple inversa, cuanto más
se desesperaba por saber, menos salía
a la calle. Después con la
edad, como pasa con los conflictos
graves no resueltos, los síntomas
se profundizan y se imponen con el
escándalo de que, lo que en
un momento llegó a parecer
sospechoso y podría haber sido
descartado, pasa a ser absolutamente
normal y elemental y vuelve con la
fuerza de recuperar el territorio
perdido en el tiempo y en el terreno
de la duda. Al pasar de los años,
se le fue agudizando la dependencia
climática y entonces pasó
al plano de que tenía que saberlo
hasta cuando dormía, así
que ponía la radio en la almohada
y mediante un audífono seguía
escuchando en sus sueños.
Para la época en la que la
televisión comenzó a
exponer la hora en la pantalla, se
emberrinchó en seguir con la
radio puesto que necesitaba saber
la sensación térmica
y cuando hasta eso se mostraba por
la tele, ya estaba tan acostumbrada
y el vicio se había vuelto
tan arraigado a su vida que descreía
de sus ojos y sólo confiaba
en sus oídos acariciados eternamente
por los locutores radicales de turno.
Con ellos libraba también cruentas
batallas unilaterales e inútiles,
dando su acalorada y apasionada opinión
de los temas políticos de rigor,
sobre los cuales exponía interminables
y complicadas tesis, como si tuviera
una audiencia de miles de personas
y no como únicos oyentes al
perro pequinés, al gato de
angora, a los canarios amaestrados
que vivían en libertad y a
los utensilios de cocina.
Mas allá del tema que tocara,
creo que por un problema de tonalidad
vocal y sobretodo por la forma de
reírse, tenía especial
encono con Hugo Guerrero Martineiz,
el peruano parlanchín. Simpatizaba
con Badía a pesar de que en
su programa nocturno la hostigaba
con canciones de los Beatles, que
siempre le provocaron hipo y contractura
cervical. Adoraba a Larrea, a Mareco
Pinocho y a Brisuela Méndez
y era devota de Radio Colonia, no
sólo porque pasaba la quiniela
en la época prohibida, sino
porque era la única que transmitía
la verdad de los hechos durante los
golpes militares, que en determinado
momento histórico fueron otra
adicción de nuestra patria
y de casi toda Latinoamérica.
Se paseaba por el dial del AM con
una habilidad nata que llegó
a la excelencia luego de ejercerla
por años con pasión
de orfebre, devoción, tesón
y esmero.
En realidad no le hacía mal
a nadie y terminó siendo sumamente
gracioso y pintoresco ver que mi madre
marchaba por la vida al son de las
emisiones de radio que alternaba distraídamente
recorriendo el dial en su totalidad.
Cuestión que, cuando viviendo
en Pilar, me di cuenta de que ponía
todas las radios en la misma sintonía,
me empecé a preocupar y a preguntar,
si siguiendo el modelo materno, no
estaría yo criando el mismo
tipo de vicio pero amplificado y multiplicadamente
diferido a varios aparatos al unísono.
Llegué a la conclusión
de que como dice Serrat, los hijos
cargamos con los vicios de los padres.
Por suerte de noche aun me abstengo.
Inicialmente, aquí el síndrome
de la radio comenzó mas que
nada para practicar el idioma y escuchar
la temperatura, ya que al llegar el
invierno estaba en plena forma y yo
no sabía si para salir había
que tirarse el ropero encima o bastaba,
como dicen las viejitas con “ponerse
el saquito”. Traspuesta la decepción
inicial de esperar que apareciera
“Daisy con los 40 principales”
como en Pilar, comencé a alegrarme
al ver que pasaban los días
y los sonidos imposibles de ser interpretados
al principio, se iban convirtiendo
en palabras que lograban a veces hilar
alguna frase coherente. Veníamos
bien hasta que cambiaron el locutor
radial de la mañana y volvimos
casi a fojas cero. Me causó
una cierta inquietud cuando empecé
a escuchar el noticiero matinal de
los 5 minutos de noticias, con crisis
de angustia y ansiedad desmedida,
puesto que al final, al llegar el
instante de decir la temperatura o
bien la decían rápido
y no llegaba a escuchar o a descifrarla
o justo en ese momento alguno de los
chicos interrumpía con algo
y la información se perdía
en la noche de los tiempos. Mi sanidad
mental me hizo ver, que antes de matar
a algún desubicado pero inocente
hijo mío o sufrir un colapso
nervioso de ansiedad matinal, era
mas simple y sensato poner un termómetro
en el balcón. Fue así
como la radio quedó como telón
de fondo para las conversaciones matinales.
Esta mañana la radio Energy
de Genève, estaba particularmente
pesada y la música que se dignaban
pasar, mas que lo modernoso que suelen
exponer, parecía una mezcla
de minué con gavota de los
tiempos de Mariquita Sánchez
de Thompson y con aires de marcha
fúnebre. Entonces guiada por
la añoranza de lo nuestro,
y con un dejo de nostalgia procedí
a ensartar un cassette que tiene un
popurrí de música argentina
y que comenzó justamente con
el tema “Te quiero” de
Andrés Calamaro.
Cuando vivíamos allá
Calamaro nunca fue santo de mi devoción.
Pero esta mañana sentí
algo extrañísimo. Mi
cerebro seguía pensando que
es uno más de tantos músicos
que han tenido su éxito, simpatizo
con la letra de varias de sus canciones,
pero mi corazón, como si fuera
una persona aparte, sentía
como si estuviera en un recital, me
gustaría gritarle “Sos
mi Idolo!”, “Potro!”
“Grande Calamaro!” Y subir
el volumen de la música, cosa
que nos hubiera dejado sordos a todos
pues el cassette está viejo,
gastado y emite interferencia.
Mientras observo como mis hijos toman
mansamente el desayuno y Barbara me
pregunta: “mami, por qué
en la Argentina cantan todos tan mal?”,
en mi cabeza desfilan miles de imágenes
de otros momentos vividos, el sol
del verano iluminando el jardín
de mi casa, los árboles, la
pileta, Ramona trayéndome un
elocuente mate de los que solo ella
ceba y no he vuelto a probar en 3
años, las caras de los amigos
y la gente querida, mi padre y la
imagen de la infancia de mis hijos
jugando trepados en los árboles
de la casa de Pilar. Todo ese pedazo
de pasado que yo veo desde este presente
y que me lo trae como un regalo anexo
el hecho de escuchar esta música.
Esa es la diferencia y siento que
mas allá de que siempre pensé
que Calamaro era un manso, ahora me
emociona, no por lo que él
canta sino por lo que eso me revive
en el alma y en el corazón.
Esa es la diferencia entre escuchar
canciones de Johnny Halliday y Leonardo
Favio. Mientras tanto el uno como
el otro me provocan la misma sensación
de incertidumbre nerviosa, Leonardo
Favio viene con recuerdos incorporados
y eso le da una riqueza de la cual
carece y adolece el europeo.
Pero volvemos al presente en el cual
mis hijos se ríen con la canción
de Calamaro que dice “te llevaste
la cenicero y me dejaste la ceniza”
y todas esas cosas profundas y trascendentes,
que les provocan sonrisas por lo incoherentes,
pero cuando llegamos al momento en
que dice que te llevaste marzo y te
rendiste en febrero, me veo en la
necesidad de explicarles que uno,
cuando iba al colegio allá,
se llevaba materias a marzo o a diciembre
y darles todas las explicaciones pertinentes.
Fue algo que ellos nunca llegaron
a probar, ni a entender porque no
lo vivieron y me pregunto una vez
más como se irán formando
y guardando en sus almas jóvenes
los recuerdos que los acompañaran
en su vida posterior. Me pregunto
si el día de mañana
recordarán tal vez este diálogo
matinal como yo recuerdo tantas cosas
que me contaron de chica, con el sabor
de un recuerdo de algo que yo no viví
pero que compartí formando
una imagen en mi mente o si quedará
en el olvido, tapados por otras cosas
mas importantes o mas inmediatas.
Como se forman los recuerdos? Hasta
donde somos nosotros los que decidimos
que recordar y como? Con qué
parte de la verdad sazonamos las memorias
de los momentos del pasado?
Una mañana que comenzó
con esta reflexión profunda
me hizo buscar refugio en escribir
mi sentir y aquí estoy volcando
todo esto en una hoja de papel y tratando
de encontrar sentido y respuesta para
mis preguntas.
Yo quisiera saber cómo nacen
los recuerdos. Qué los teje,
los nutre, los agranda, los perdura
y los fija, pero sobretodo qué
los borra? Por qué hay momentos
nítidos y detallados y otros
borroneados como una foto vieja y
desenfocada? Por qué hay cosas
que no podemos recordar? Y por qué
hay otras que prefiriendo olvidar
no logramos arrancar de nuestro pensamiento?
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