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Experiencias migratorias y los fenómenos interculturales
Migratory experiences and intercultural phenomena
Esperienze della migrazione e ai fenomeni interculturali
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El secreto.
 

Eliana Mirelman

Érase una vez, en un reino lejano, un rey llamado Eduardo que vivía preocupado por su único heredero, el príncipe David.

Cinco años atrás, la reina Sofía había muerto de una extraña fiebre a pocos días de haber dado a luz. El rey había entregado al pequeño al cuidado de un ama de leche y más tarde de una gobernanta.

 

Cada mañana se presentaba en sus aposentos, besaba al pequeño, preguntaba por su estado y luego se perdía en los asuntos del reino, firmando documentos, recorriendo sus tierras, recibiendo embajadores de tierras remotas.

Al finalizar el día, besaba la frente del pequeño ya dormido y se retiraba a descansar.

El tiempo había ido transcurriendo y con él y a la par que las habitaciones del niño se atiborraban de juguetes extraordinarios y fabulosos obsequios llegados de los cuatro confines de la tierra, el carácter del príncipe se había vuelto más taciturno e indiferente.

El rey Eduardo desesperaba por entender porqué el interés del pequeño no duraba más de cinco minutos y pasaba largas horas mirando al techo diciendo ME ABURRO.

Vinieron médicos de las más diversas especialidades, buscando alguna enfermedad; bufones, acróbatas y magos intentaron arrancarle una sonrisa, una mirada brillante, pero… ¡NADA!

Finalmente el primer ministro, con mucha cautela, le solicitó al rey si podía darle un consejo:”Su majestad, pruebe usted a quitarle todos los juguetes hasta que el niño sienta su falta”.

El rey creyó que podía resultar y al día siguiente mudaron al príncipe de aposentos ya que retirar los juguetes llevaría varias semanas a un batallón de sirvientes.

Pasaron varias semanas y David no cambiaba de actitud.

Pero sucedió que una mañana, el príncipe escuchó desde su ventana, la risa de un niño. El bullicio provenía de las cocinas. Bajó corriendo las escaleras y al llegar junto al fogón se encontró con un pequeño, apenas mayor que él, sentado en el piso y jugando con unos trocitos de carbón. Los ojos negros de Miguel, que así se llamaba el hijo de la cocinera, brillaban aún más que los carboncitos.

-“¡Dame tus piedritas!” exigió David con tono autoritario.

Miguel miró a su madre y luego al rincón donde se acumulaba una montaña negra de esas “piedritas”.

-“Cariño, entrégale ya los carbones a su Majestad”- susurró la cocinera temiendo su enojo.

Miguel se incorporó y con una reverencia puso los carbones en la palma de David.

El príncipe subió a sus aposentos, puso los carbones en el piso y al cabo de unos minutos, viendo que no pasaba nada, bajó nuevamente las escaleras, con el rostro rojo de enojo.

-“¿Qué les hiciste? ¡No son divertidos ahora! ¡Vuélvelos como antes!”

-“¡Yo no les hice nada!”-respondió Miguel asustado, pero viendo que el enojo del príncipe se transformaba en profunda tristeza, juntó coraje y agregó:-“Tal vez su Majestad no sabe jugar con ellos”.

La cocinera estaba a punto de desmayarse de temor cuando escuchó al príncipe ordenar:

-“¡Quiero que subas a mis aposentos y me enseñes cómo juegas!”

Miguel corrió escaleras arriba siguiendo de cerca al príncipe mientras miraba azorado a ambos lados.¡Jamás había pisado esa parte del castillo! ¡Era maravilloso! Se veía enfundado su cuerpo en un traje de brocato rojo con detalles dorados y cómodas botas en sus pies desnudos cuando la voz de David lo trajo a la realidad.

.“¡Quiero que juegues a lo que te divertía!”

-“Muchas cosas me divierten”.

-“¡Juguemos como lo hacías recién!”

-“Para eso tienes que sentarte en el piso conmigo”.

Apenas terminó esas palabras, Miguel se dio cuenta que había tuteado a su Majestad y estaba por excusarse cuando David dijo: -“Ya está, más rápido, quiero divertirme”.

-”Toma este carbón, es tu caballo negro. El mío es bayo. Vamos a jugar una carrera desde el castillo hasta el pueblo más próximo! ¿Estás listo? Ya”. Y Miguel se puso a mover su carboncito. David recorrió a cuatro patas la habitación y un momento más tarde, con las mejillas coloradas gritaba: -“¡Gané!”

-Su risa se apagó cuando escuchó a Miguel decir: -“¡Yo también!”

-“No es cierto, ¡yo llegué primero!”

-“Es verdad, porque yo me he perdido en el camino. Doblé distraído al cruzar el arroyo y descubrí un campo lleno de amapolas rojas y pajaritos de pecho amarillo y trinar melodioso. No conocía ese hermoso lugar. Por eso he ganado. He ganado un paisaje nuevo, ¡colores, sonidos, sensaciones!”

David no entendió mucho el argumento de su nuevo amigo pero le dijo: -”Quiero ir allí”!

Volvieron con los caballos sobre sus pasos y Miguel relató lo que veían.

- Una liebre les cruzo el camino “¿La viste?”

-“Creo que sí”-respondió el príncipe por no desilusionar a su amigo aunque no veía nada.

Y así jugaron un rato largo hasta que llegó la hora del baño.

David citó a Miguel para la mañana siguiente.

Cada día Miguel embarcaba al príncipe en una nueva aventura. David se aburría sin su amigo y exigía su compañía de la mañana a la noche.

Habían pasado diez días y esa mañana, Miguel no apareció. David, que había terminado su desayuno se quejó. ¡Qué venga ya!

Volvió al instante su asistente diciendo que el niño estaba en cama con mucha fiebre y no podía moverse.

-“¡Entonces iré yo!”

-“Su majestad: ¡puede usted contagiarse!”

-“¡No hay peor enfermedad que el Aburrimiento! Llévame a su cuarto”.

Mientras bajaban por escaleras cada vez más angostas y pobres David se dio cuenta que no conocía esa parte del castillo. Las piedras destilaban humedad y la luz casi no se filtraba por las pequeñas aberturas.

Miguel estaba tendido en su lecho, recubierto con una manta raída. Sus ojitos negros brillaban de fiebre.

-“Hola .Vengo a que juguemos”-dijo el príncipe.

-“Lo siento, no tengo fuerzas”-susurró su amigo.

-“Dale, yo traigo los caballos y vamos al campo de amapolas”.

-“Mis piernas no me sostienen parado, menos me mantendrán erguido sobre el caballo. Además, ese paisaje ya lo he visto, tal vez en unos días cuando esté mejor”.

David se desesperó. No podía esperar tanto. Propuso: - “Voy a dejar al bayo y te cargaré en las ancas de mi caballo negro. Solo tienes que agarrarte de mi cintura”.

-“Lo siento, no me apetece ir al campo de amapolas”.

-“Bueno, ¡elige otro lugar!”

-“Me duele la cabeza, ¡no puedo pensar!”

-“¿Conoces China? ¡Fui allí con mi padre de muy pequeño! No recuerdo muy bien, pero he leído mucho en los libros. Puedo llevarte si quieres a ver las pagodas y los campos sembrados de arroz y el carnaval con los dragones lanza fuego y…

Todo ese día y los siguientes, David paseó a su amiguito inventando mil peripecias, comiendo exóticos manjares.

Cuando Miguel hubo curado le dijo al príncipe: -“Ya no me precisas. Has descubierto tu imaginación y que la felicidad está dentro de ti!”

-“Es cierto, pero también he descubierto que ¡la mayor felicidad es tenerte de amigo así que no nos separaremos jamás!”

Y colorín colorado este cuento ha terminado.

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