| Cada
mañana se presentaba en sus aposentos,
besaba al pequeño, preguntaba por
su estado y luego se perdía en los
asuntos del reino, firmando documentos,
recorriendo sus tierras, recibiendo embajadores
de tierras remotas.
Al finalizar el día, besaba la frente
del pequeño ya dormido y se retiraba
a descansar.
El tiempo había ido transcurriendo
y con él y a la par que las habitaciones
del niño se atiborraban de juguetes
extraordinarios y fabulosos obsequios llegados
de los cuatro confines de la tierra, el
carácter del príncipe se había
vuelto más taciturno e indiferente.
El rey Eduardo desesperaba por entender
porqué el interés del pequeño
no duraba más de cinco minutos y
pasaba largas horas mirando al techo diciendo
ME ABURRO.
Vinieron médicos de las más
diversas especialidades, buscando alguna
enfermedad; bufones, acróbatas y
magos intentaron arrancarle una sonrisa,
una mirada brillante, pero… ¡NADA!
Finalmente el primer ministro, con mucha
cautela, le solicitó al rey si podía
darle un consejo:”Su majestad, pruebe
usted a quitarle todos los juguetes hasta
que el niño sienta su falta”.
El rey creyó que podía resultar
y al día siguiente mudaron al príncipe
de aposentos ya que retirar los juguetes
llevaría varias semanas a un batallón
de sirvientes.
Pasaron varias semanas y David no cambiaba
de actitud.
Pero sucedió que una mañana,
el príncipe escuchó desde
su ventana, la risa de un niño. El
bullicio provenía de las cocinas.
Bajó corriendo las escaleras y al
llegar junto al fogón se encontró
con un pequeño, apenas mayor que
él, sentado en el piso y jugando
con unos trocitos de carbón. Los
ojos negros de Miguel, que así se
llamaba el hijo de la cocinera, brillaban
aún más que los carboncitos.
-“¡Dame tus piedritas!”
exigió David con tono autoritario.
Miguel miró a su madre y luego al
rincón donde se acumulaba una montaña
negra de esas “piedritas”.
-“Cariño, entrégale
ya los carbones a su Majestad”- susurró
la cocinera temiendo su enojo.
Miguel se incorporó y con una reverencia
puso los carbones en la palma de David.
El príncipe subió a sus aposentos,
puso los carbones en el piso y al cabo de
unos minutos, viendo que no pasaba nada,
bajó nuevamente las escaleras, con
el rostro rojo de enojo.
-“¿Qué les hiciste?
¡No son divertidos ahora! ¡Vuélvelos
como antes!”
-“¡Yo no les hice nada!”-respondió
Miguel asustado, pero viendo que el enojo
del príncipe se transformaba en profunda
tristeza, juntó coraje y agregó:-“Tal
vez su Majestad no sabe jugar con ellos”.
La cocinera estaba a punto de desmayarse
de temor cuando escuchó al príncipe
ordenar:
-“¡Quiero que subas a mis aposentos
y me enseñes cómo juegas!”
Miguel corrió escaleras arriba siguiendo
de cerca al príncipe mientras miraba
azorado a ambos lados.¡Jamás
había pisado esa parte del castillo!
¡Era maravilloso! Se veía enfundado
su cuerpo en un traje de brocato rojo con
detalles dorados y cómodas botas
en sus pies desnudos cuando la voz de David
lo trajo a la realidad.
.“¡Quiero que juegues a lo
que te divertía!”
-“Muchas cosas me divierten”.
-“¡Juguemos como lo hacías
recién!”
-“Para eso tienes que sentarte en
el piso conmigo”.
Apenas terminó esas palabras, Miguel
se dio cuenta que había tuteado a
su Majestad y estaba por excusarse cuando
David dijo: -“Ya está, más
rápido, quiero divertirme”.
-”Toma este carbón, es tu
caballo negro. El mío es bayo. Vamos
a jugar una carrera desde el castillo hasta
el pueblo más próximo! ¿Estás
listo? Ya”. Y Miguel se puso a mover
su carboncito. David recorrió a cuatro
patas la habitación y un momento
más tarde, con las mejillas coloradas
gritaba: -“¡Gané!”
-Su risa se apagó cuando escuchó
a Miguel decir: -“¡Yo también!”
-“No es cierto, ¡yo llegué
primero!”
-“Es verdad, porque yo me he perdido
en el camino. Doblé distraído
al cruzar el arroyo y descubrí un
campo lleno de amapolas rojas y pajaritos
de pecho amarillo y trinar melodioso. No
conocía ese hermoso lugar. Por eso
he ganado. He ganado un paisaje nuevo, ¡colores,
sonidos, sensaciones!”
David no entendió mucho el argumento
de su nuevo amigo pero le dijo: -”Quiero
ir allí”!
Volvieron con los caballos sobre sus pasos
y Miguel relató lo que veían.
- Una liebre les cruzo el camino “¿La
viste?”
-“Creo que sí”-respondió
el príncipe por no desilusionar a
su amigo aunque no veía nada.
Y así jugaron un rato largo hasta
que llegó la hora del baño.
David citó a Miguel para la mañana
siguiente.
Cada día Miguel embarcaba al príncipe
en una nueva aventura. David se aburría
sin su amigo y exigía su compañía
de la mañana a la noche.
Habían pasado diez días y
esa mañana, Miguel no apareció.
David, que había terminado su desayuno
se quejó. ¡Qué venga
ya!
Volvió al instante su asistente
diciendo que el niño estaba en cama
con mucha fiebre y no podía moverse.
-“¡Entonces iré yo!”
-“Su majestad: ¡puede usted
contagiarse!”
-“¡No hay peor enfermedad que
el Aburrimiento! Llévame a su cuarto”.
Mientras bajaban por escaleras cada vez
más angostas y pobres David se dio
cuenta que no conocía esa parte del
castillo. Las piedras destilaban humedad
y la luz casi no se filtraba por las pequeñas
aberturas.
Miguel estaba tendido en su lecho, recubierto
con una manta raída. Sus ojitos negros
brillaban de fiebre.
-“Hola .Vengo a que juguemos”-dijo
el príncipe.
-“Lo siento, no tengo fuerzas”-susurró
su amigo.
-“Dale, yo traigo los caballos y
vamos al campo de amapolas”.
-“Mis piernas no me sostienen parado,
menos me mantendrán erguido sobre
el caballo. Además, ese paisaje ya
lo he visto, tal vez en unos días
cuando esté mejor”.
David se desesperó. No podía
esperar tanto. Propuso: - “Voy a dejar
al bayo y te cargaré en las ancas
de mi caballo negro. Solo tienes que agarrarte
de mi cintura”.
-“Lo siento, no me apetece ir al
campo de amapolas”.
-“Bueno, ¡elige otro lugar!”
-“Me duele la cabeza, ¡no puedo
pensar!”
-“¿Conoces China? ¡Fui
allí con mi padre de muy pequeño!
No recuerdo muy bien, pero he leído
mucho en los libros. Puedo llevarte si quieres
a ver las pagodas y los campos sembrados
de arroz y el carnaval con los dragones
lanza fuego y…
Todo ese día y los siguientes, David
paseó a su amiguito inventando mil
peripecias, comiendo exóticos manjares.
Cuando Miguel hubo curado le dijo al príncipe:
-“Ya no me precisas. Has descubierto
tu imaginación y que la felicidad
está dentro de ti!”
-“Es cierto, pero también
he descubierto que ¡la mayor felicidad
es tenerte de amigo así que no nos
separaremos jamás!”
Y colorín colorado este cuento ha
terminado.
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